Inicio > Ruta desconocida > Las mariposas.

Las mariposas.


I

En las postrimerías de mil novecientos sesenta, contaba Juan Domingo nueve años. De los sucesos que pudieron acontecerle desde su niñez hacia esa fecha, no queda constancia alguna. Solo se sabe que su padre marchó a otras tierras en busca de fortuna y que se despidió de él, dándole un abrazo. Juan Domingo supo desde ese instante que jamás volvería a verle.
En aquel entonces y por aquellas tierras, los acontecimientos no se prodigaban con frecuencia, si bien, cuando se producía alguno, quedaba grabado en la mente de los hombres. Juan Domingo fue testigo de un hecho que le acompañara hasta el final de sus días.
En latitudes tropicales se dan situaciones que en otras circunstancias serían imposible de asimilar. El insaciable apetito de las termitas, la expoliación de los melocotoneros por la oruga verde y amarilla, el escarabajo con cuerno de rinoceronte que hace frente al ser humano para proteger sus crías, el sonido perfectamente audible de la hormiga negra cuando pasa por el sendero en compañía de otras miles a la búsqueda de una presa…Y así, un innumerable número de cosas, todas relacionadas con el mundo animal. A decir verdad, Juan Domingo era un experto en ese mundo, de modo que, sin temor a equivocarse, discernía un trino del otro, encontraba ranas donde por seguro nadie hubiera sido capaz, cogía las abejas entre el dedo índice y pulgar y, exploraba sin molestar el perfecto habitáculo construido por el pájaro hornero. Era sabido, que el mejor tiempo para estas incursiones se daba siempre en primavera; quizá la temperatura, quizá la humedad, quizás ambas cosas hacían el dúo perfecto.
En una calurosa tarde y ante un preludio de lluvia, Juan Domingo cogió un cubo en cada mano y salió de su casa en busca de agua. Tenía un largo trayecto hacia la fuente y debía tomárselo con calma dado que las fuerzas estaban medidas. Podía sin embargo dejar la puerta del barracón abierta, se distinguía con claridad el perfíl de la vivienda, no había nada que entorpeciera la vista desde el minúsculo entramado de cemento con su pequeño grifo, que manaba lo que le venía en gana cuando lo deseaba.
Su casa estaba formada por cuatro entarimados de madera que cada año, si había dinero, se pintaba con pintura sobrante de barco, generalmente de tono verde.
Era un rectángulo que tenía la puerta en medio, de tal manera que hacia de puerta-entrada-recibidor-cocina. A ambos lados, y por lo tablones laterales, una nuevas aberturas daban paso a dos habitáculos opuestos, sin mas pretensiones que lo de querer parecer habitación. El suelo, de tierra prensada, se convertía en un fangal si por aquellas llovía un poco más de lo normal, pues el rio, no llevaba un desnivel acusado y, era reacio a absorber un sobrante que no había pedido. Poco que decir en cuanto al servicio, no era visible desde la fuente por el simple hecho de que no existía.

II

La provincia de Buenos Aires es tan horizontal que si la vista del ser humano alcanzara el infinito, lo vislumbraría. Juan Domingo vivía a las afueras del centro. Las viviendas se sometían a las mismas reglas simétricas que el nudo de la capital. Superficies planas de cien por cien metros, sin chaflanes, con aceras de ocho y calles de diez de lado a lado. Las pocas viviendas que se levantaban eran vistas de lejos con total nitidez. El asfalto no se conocía, aunque había un sucedaneo que le hacía las veces, con el pomposo nombre de alquitrán. Pero en la calle el rastro del polvo y el resquebrajado del barro eran la huella cotidiana.
Aquella tarde, nada más cruzar la zanja que separaba el borde de la acera de lo transitable de la calle, Juan Domingo divisó a lo lejos, una nube que iba creciendo por momentos. Dejó los baldes en el suelo , y se limitó a esperar. En realidad no era propiamente una nube. Se percibía, aunque imaginariamente,
unas líneas por ambos lados, dibujándose perfectamente la parte superior. Todo ello daba la sensación de un rectángulo borroso. Agarró una piedras del suelo y, sin prestar demasiada atención, comenzó un tiro al blanco contra los ruidosos recipientes que en un principio, debían albergar el agua. Le costaba acertar, sus ojos estaban puestos en el horizonte. No se hizo larga la espera, la nube, en un abrir y cerrar de ojos, se le vino encima.
Una pequeña avanzadilla compuesta por miles de mariposas pasaba sobre su cabeza, las mas le esquivaban, otras chocaban contra su cuerpo y proseguían su camino. Juan Domingo se daba cuenta de una cierta “anormalidad normal”, pero mientras meditaba sobre tan extraña circunstancia, lo que fue en un primer momento una manifestación de colores, se iba convirtiendo en un espectáculo agobiante. Ahora todo empezaba a nublarse, no intentaban esquivarle, sencillamente no podían. Cada mariposa se trasladaba en un minúsculo espacio, perderlo significaba golpearse con otras, extraviar su capa de polen, caer al suelo, mezclarse con el polvo de la calle y morir. Juan Domingo aguantó. Se protegía los ojos con las manos. Dejó trascurrir el tiempo, lo único que poseía y estaba dispuesto a regalar. Jamás pudo comprobar con seguridad las horas pasadas de pie. Se sabe, que Juan Domingo comentó una vez, -poco antes de morir-, que cuando pasaban las últimas mariposas, el sol ya estaba desapareciendo.
Se acostó aquella noche con la conciencia de que algo no funcionaba, sin saber a ciencia cierta el que. Apagó el kinque de keroseno y comenzó a pensar. ¿ Donde se podía encontrar el error¨,? ¿ había algún error?, ¿ No era la Naturaleza un compendio de sabiduría ?

III

Fue como todos los días al colegio. El plan de alfabetización impuesto por el Dr. Illia -a la postre uno de los pocos presidentes elegidos democraticamente- funcionada a base de tres turnos diarios; de ocho a once, de once a dos y, de tres a seis. Juan Domingo siempre prefirió el matutino, tenía más ventajas. Formar filas, enarbolar la bandera y cantar el himno eran quince minutos menos de clase.
Por supuesto no comentó a nadie lo sucedido el día anterior. Daba por hecho que todos habían visto lo que él vivió. Pero estaba seguro de que nadie había entendido el significado. Para él en ese momento, también era una cosa indescifrable.
Su curiosidad también fue en aumento, de tal manera que, averiguó por medio de doña Flora, la maestra, donde estaba la biblioteca más próxima , la Domingo Faustino Sarmiento:
-Si mi hijo, si, cerquita…siete manzanas nomás. Entre Matanza y Coronel Allende. Decile que vas de parte mía. Buscá primero por insectos. Por lepidópteros después y, más luego al final, solo al final, por mariposas.
Doña Flora estaba presente en todos sus actos. Corpulenta, de andares parsimoniosos, proporcionaban la tranquilidad de saberse protegido. No había podido tener hijos y trataba a la clae de setenta y un alumnos como prole propia. Más de una vez dejó su silla de madera a algún recién llegado de no se sabía donde. Todo un honor. Mientras ella seguía dando clases de pie. Al día siguiente, sino se había podido conseguir un aposadero, doña Flora tenía preparada una caja de madera, de esas de fruta, que hacían las veces de asiento, para el nuevo inquilino.
De todo lo referente a esos insectos voladores averiguó Juan Domingo, pero no el porqué de esa locura colectiva hacía una dirección determinada. De todas maneras, no le fueron por demás esas sesiones de biblioteca. Llegó a trabar amistad con don Armando, bibliotecario, según él, a punto de retirarse. Diez años más tarde, aún alcanzó a aproximarle La Condición Humana.
Muchas tardes las dedicaba a descifrar lo que ponía debajo de algunas fotos. Textos mandados borrar por orden de algún general, que quiso hacer desaparecer las infortunadas apariciones de algún general anterior. El sucesor, obligaba a poner su foto en el lugar donde anteriormente estaba el derrocado. En muchas ocasiones, la foto del ahora mandatario, la vendían en la escuela. En otras, bastaba con recortar su cara de alguna foto impresa en los diarios, con su correspondiente gorra de militar.
De aquel período guardaba los mejores recuerdos Juan Domingo.
Cuando salía de la Biblioteca, sobre las seís de la tarde, se dirigía con rapidez a la panadería del “gallego”, buen tipo donde los hubiera, y allí, ayudaba a amasar el pan para el día siguiente.
-¿ Como siempre, don Manuel ?
-Como siempre. Un saco de harina por cincuenta baldes de agua. Sin cansarse. Tenés tiempo de sobra.
A eso de las once de la noche, la masa ya estaba hecha. Juan Domingo se llevaba un peso, un kilo de facturitas y dos panes que habían sobrado del día anterior. Se portaba bien don Manuel.
A los once años acabó el primario. Sabía leer, escribir, las cuatro reglas y situar correctamente las catorce provincias de la república. Doña Flora, la maestra, le rogó que no dejara por menos que pudiera, el ir a la Biblioteca. No sabía que había hecho un pacto tácito con don Armando. A cambio de ayudarle a colocar los libros en los anaqueles, del día anterior, a la suma no más de diez, don Armando se comprometió a enseñarle historia, sobre todo historia.

IV

Tantos y tan rapidamente pasaron los días que fueron fabricando años. Juan Domingo debía de contar el doble de cuando aquella eclosión de colorido que aún no había podido olvidar. Por ese entonces trabajaba en el centro, que es como así, denominaba la gente al distrito burocrático de la ciudad. Ayudante de ferretero. Las tardes, a partir de las seís, eran para don Manuel.
El centro era otra cosa. Dos horas de tren daban para mucho. Charlar de lo cotidiano con los habituales. Una cabezadita. Acabar de leer lo que don Armando le había prestado la semana anterior. Ahora, la frecuencia a la Biblioteca se había alargado, pero la relación con don Armando seguía sólida. Este le dejaba los libros por el tiempo que necesitara.
Don Armando era de la vieja guardia, Juan Domingo representaba para él el hijo varón que siempre deseó tener. Si, tenía dos hijas, pero el ritmo del tango siempre lo marcaba el varón.
Banfield, Lomás de Zamora, Remedios de Escalada, Lanús…Por fin el puente de la Boca, el cartel de las salchichas Negrita, acompañado por el pestilente olor de la bocana del rio. Se aminora la marcha, se busca el empalme con la línea de Quilmés. En el encuentro se nota el acelerón. Acá el estadio del Racing, allá el del Independiente. Avellaneda. Ya falta poco…se entra en Constitución.
Le costaba levantarse del asiento. La madera se le quedaba clavada después del largo trayecto. Se escuchaba el estruendo de la máquina de vapor, una Mikado 141. Ya en el andén, se dirigía con paso rápido a la salida. Cruzaba el hall de los marcadores e iba directa e imperturbablemente a la ferretería donde trabajaba. Llegar cinco minutos tarde podía significar una boleta y el inmediato despido.

V

Hay quien afirma que, aquella fue la época de su despertar. En cuanto a su físico, no cabía duda, en cuanto a sus ideas, habían otras opiniones.
Fue la añada de la entrada por méritos militares del General Onganía, que no fueron otros que mandar apostarse a la división general acorazada enfrente la Casa Rosada y, delante del Dr. Illía, un viejo de setenta años, decirle que lo derrocaban.
Otro cambio de foto. Otro engrudo a los libros.
A algunos, los menos, se les pasó por la cabeza la influencia que ejercía don Armando en su progresión intelectual. Juan Domingo no poseía ningún título, pero sus horas de lectura no eran intercambiables. No se equivocaba al pensar que ningún cambio sustancial había penetrado en los obreros. Pobre Lanús. Siempre la misma miseria, el mismo barro haciendo los mismos surcos. Los mismos miedos a las mismas entidades.
Don Armando le dió la oportunidad de poder asimilar a los precursores: Babeaf, Sant Simón, Owen, Sismondi, Cabet… A los que siguieron a los precursores: Blanqui, Proudhon, Bakunin… Y, a los que siguieron de los que siguieron a los precursores:Hegel, Marx, Engels…Utilizaba el racionamiento hegeliano cuando participaba en las escaramuzas dialécticas, ora en el trayecto del tren, ora con los compañeros del trabajo.
Jamás supo de donde salían los libros que le prestaba don Armando, porque era sabido que, en las Bibliotecas no existía ningún compendio de doctrina que pudiera herir el entendimiento de los siempre dispuestos, salvadores patrios.

VI

Al llegar la noche, después de acabar con el trabajo en la panadería, y a la sombra de los consejos de don Manuel, seguía las letras de La Nación. La luz del kinqué proporcionaba al diario un color amarillento y un opaco brillo que parecía mas bien mas proclive a una enfermedad que, a una falta de ingredientes químicos en la producción.
Fueron muchas las veladas que el periódico se quedó sin cerrar. Las madrugadas de Juan Domingo hacían que el cansancio se apoderaran de él.
A pesar de todo, se aferraba a la idea de nuevos cambios a través de conquistas sociales y revoluciones permanentes.

VII

Los sábados era todo diferente. Los sábados se bañaba de cuerpo entero en la palangana de hierro, dispuesta previamente la noche anterior para que el agua se calentara al sol. No era la primera vez que, al día siguiente, a la hora del baño, se diera de bruces con una familia de patos que se habían apropiado del pequeño recinto.
Primero la cabeza. El cuello, los brazos y las piernas después. Finalmente los talones.
Esperaba la tarde, las siete. Don Manuel, el gallego, le daba libre y, Juan Domingo se enfundaba los pantalones, puesto la camisa y dirigido hacía la esquina de Cotagaita y Aguilar. Pocos motivos habían para la reunión, pero si alguno era el preponderante, no debía ser mas el argumento de que la única bombilla que alumbraba con consideración, estaba en esa esquina. Una pequeña bombilla eléctrica suspendida a lo alto de un poste. Visto desde la lejanía parecía una luciérnaga en un camposanto, no un poste de alumbrado público.
Allí, solían sentarse, cuando lo permitía el buen tiempo, parte de la vecindad. Si había suerte, don Edmundo se traía el bandoneón…

VIII

Don Edmundo era fiel seguidor de Anibal Troilo ” Pichuco”. Repetía sus partituras hasta la saciedad. Nadie se cansaba de escucharlo. Pero de todos, (hay que ver lo que hace que los demás te conozcan y tu creas en tu anónimo), era sabido que tenía una pieza como preferida, que no era de Troilo, era de Discepolo. Cambalache. La letra se la aprendió Juan Domingo de memoria y, cuando el sábado, si había suerte, don Edmundo daba los primeros compases, Juan Domingo entrelazaba la letra: – ” Que el mundo fue y será una porquería ya lo se, en el quinientos diez y, en el dos mil, también “. Se llegaba a la última y esperada estrofa , aquella de : ” siglo vente cambalache, problemático y febril”…allí, el resto del personal rezaba en voz alta y para no ser propenso a ser mal mirado, gritaba : ” el que no llora no mama y, el que no afana es un gil”. A partir de aquí y de siempre, continuaban con la canción acompañando a Juan Domingo….” No pensés más, sentate a un lao…que a nadie importa si naciste honrao… Los finales siempre iban en vivas para don Edmundo y aplausos para Juan Domingo.
A veces, la suerte era esquiva. A veces no aparecía don Edmundo. Las miradas se perdían buscando a Rufino.
Rufino era un tipo de talle esbelto, arrugado de cara y poco hablador, pero tenía un don especial para recitar. Nadie sabía si lo que recitaba era suyo o copiado. Tampoco nadie sabía (porque nadie se lo había preguntado), si entendía esos garabatos que se llamaban letras. Rufino no se hacía de esperar, se acercaba al medio de la plaza, buscando la luz que caía como lluvia fina, pequeña y persistente. Cerraba los ojos y descomponía lentamente frases. Frases que sonaban bien, tristes algunas, pero sonaban bien:

Yo voy matando las horas
a la inversa de la vida,
ella mata por habidas,
yo, por pasarlas a solas.

Tuve una vez compañía
mas se quedó en el camino,
debe de ser el destino
como la noche y el día.

Y me quedé sin querencia
mas no crean que me enoja
pues encontré el acomodo.

No hay mujer, pero hay paciencia
nadie me tira ni afloja
y así funciono a mí modo.

Las risas y los aplausos eran sin duda para Rufino. Tenía talento para payador.
Pero Rufino era una persona de convicciones recias. No le gustaba alargarse y, sus recitados no solían durar más de tres o cuatro piezas. Era entonces, en ese momento, cuando Juan Domingo ocupaba el puesto de Rufino y se erigía como orador.
Esperando su momento, le cambiaba el puesto del anterior. Les explicaba lo que significaba la compra y venta del trabajo. La moneda como relación de cambio. La forma precio. El dinero como forma de pago. La teoría de la plusvalía…Les decía que, la clave de la historia era, solo económica, que el patrono pagaba venticuatro días de vacaciones a cambio de trescientos cuarenta y uno mal pagados. Que el capitalismo no había dado nada altruísticamente, que si por ello fuera, los niños aún estarían en las minas, junto a a sus madres.
Jamás se hicieron la una de la madrugada. La gente cansada se despedía con la conciencia de que el orador tenía mucha parte de razón pero, mañana era domingo, había que aprovecharlo.

IX

El día de asueto pasaba rápido. Visita a casa de don Armando por la mañana. Allí le esperaba el desayuno. Galletas con mate. Se devolvían libros, se pedían otros, se intercambiaban sonrisas, se comentaban cosas en compañía de sus dos hijas, siempre atentas a las evoluciones del invitado.
_Que si estás cómodo ?, Sentaté más acá…Quedáte a comer…
Mientras, intentaba hacerles comprender, a las hijas, que no al padre, la preocupación reinante de la clase trabajadora. Ellas, al unísono, se quedaban mirándole fijamente, como si de un estruendo lejano hubieran escuchado el eco…Más de una vez pensó, que si tuviera que elegir entre las dos, no sabría cual escoger.
Se encontraba a gusto, siempre se encontraba a gusto allí, pero le esperaban en casa de don Manuel. La puntualidad era una de las cosas de las que presumía.
Después de la ritual despedida, y con la conciencia de quien se deja algo, Juan Domingo se dirigía directamente al almacén de don Manuel. Nomás un cuarto de hora. Agarraba de un tirón la Avenida de Roma, cruzaba Chascomús, Olano, Bulevar de los Italianos, giraba por Aguilar e iba en busca de Cotagaita. Cuando faltaba por correr la última calle, Pucho , el perro de don Manuel, salía a recibirle dejando atrás una estela de polvo. Juntos caminaban el resto del paseo. El portalón donde se descargaba la harina siempre permanecía abierto.
Pucho se encargaba de la vigilancia. Tenía un reloj. Nadie sabía el como ni el porqué, pero, intuía el día de cada uno de los descargadores, la clientela, al malintencionado y, al que sin dinero pero con ganas de pagar, se marchaba sabiendo de su deuda…a ese, no le ladraba. Nadie en son de guerra hubiera entrado en el patio emparrado del almacén. Encalado en blanco, estaba cubierto por una cepa, orgullo de doña Celia, quien afirmaba con rotundidad que la parra era una variedad de “loureila,” pariente del “albariño” y, que este tipo de uva solo se daba en su pueblo, que ella era de Lugo y, que Lugo quedaba muy lejos.
-Como anda doña Celia ( preguntaba al entrar, Juan Domingo).
-Buenas tardes, te estábamos esperando ( respondía la mujer de don Manuel).
Se sentaban a la mesa, preparada con horas de antelación. La primera pregunta siempre era sobre la salud de don Armando, viejo conocido y vecino.
-Flojas las piernas, bien de la vista.
Doña Celia soltaba invariablemente un suspiro que ya se daba por ensayado, para responder:
– Al fin de cuentas tiene suerte, con dos mozas a su lado… Y volvía a la carga para la desesperación de don Manuel :
– ¡ Si tan solo hubiéramos tenido un hijo…¡
Durante la comida, Pucho se encargaba de hacer olvidar los pesares de doña Celia y esta explicaba lo que Juan Domingo tenía ya por sabido. Las montañas de su pueblo, el agua de su pueblo, el clima de su pueblo… La distancia le hacia idealizar aquellas tierras que añoraba y que ya nunca volvería a pisar.
Creo que , en una ocasión, no se recuerda en cual, Juan Domingo se imaginó el pueblo ayudado de las pupilas de don Manuel, aquel día mas dilatadas de lo normal, quizá por el albariño, quizá por la nostalgia.
Llegada esta circunstancia, , Juan Domingo comentaba a don Manuel la necesidad de adelantar el trabajo de la mañana. Mera excusa bien recibida por los cuatro. Pucho también notaba la falta de alegría. El domingo se acababa antes la faena.
Don Manuel admiraba aquel niño que se fue haciendo adulto a su lado. Rápido, eficiente y amable. Le sorprendía más su dominio del diálogo. Siempre estuvo creído de haber sido su único maestro y eso le llenaba de orgullo. No sonaban las once de la noche cuando Juan Domingo se había despedido. Atravesaba el patio y ponía la tranca al corralón. Una palmada en la cabeza de Pucho que lo seguía hasta el límite del cercado, bordeando la alambrada.

X

Por las noches era más dificultoso desandar el camino, si además la lluvia hacía acto de presencia, los problemas se multiplicaban. Cuando se daban estas circunstancias, que no eran las menos, las personas agudizaban su ingenio. Contaban con tres referencias: la luna, los postes esquineros de la luz y, los más fiables, los juncos que bordeaban las zanjas que trascurrían paralelas a la parte exterior a lo que alguna vez serían las aceras. Por estas zanjas transcurrían toda la amalgama de aguas residuales. No eran en excesivamente profundas pero, si alguien tenía la desgracia de caer en ellas , el problema se le avecinaba al salir. Los juncos crecían paralelos al cauce del agua, sus raíces, carentes de consistencia, no tenían el suficiente anclaje. Por otra parte el lecho era fango, fango débil e inconsistente. El drenaje lento, no hacía que la situación tuviera la tendencia a mejorar. Transcurrían días hasta que el agua no se situara en el lecho normal del rio, pero hasta aquel entonces, un mínimo de diez centímetros por encima del nivel de calle, abarcaban toda la zona que la vista pudiera controlar. Era como un gran lago. La carencia de cloacas y de sumideros, terminaban por hacer el resto. Todo era mirado por el prisma de la tranquilidad. Al nacer lo habían visto de aquella manera y, aunque la mayoría de habitantes de aquella villa trabajaban en la capital, les era inasumible verlo de manera diferente y en ese contexto la situaban.
No era fatalismo, era conformidad. A la vez, nadie se sentía marginado. La oleada de emigrantes, españoles, italianos, alemanes, rusos y japoneses que se habían dejado caer por la época de Juan Domingo Perón, se habituó con facilidad a la vida local. Tampoco tenían nada que perder y, aunque la Naturaleza, las costumbres y el idioma eran diferentes, la gente, de origen, era solidaria. Por otra parte, unos iban en busca de otros, formándose así, pequeños guetos de tan dispares países.
De por siempre y de manera general, la avanzadilla era el marido que, venía al país solo, en busca de fortuna y con el dinero prestado por la familia de ambos, de él y de ella. La única guía que disponía era la carta de un elemento anterior que había desembarcado en busca de la misma fortuna. Instalado el anterior, se instalaba el que llegaba. Así unos ayudaban a los otros. Construían sus primeras casas de adobe, chapa y barro. Pocas veces de ladrillo. Acto seguido , mandaban a por la mujer y los hijos.
En otras ocasiones, el recién llegado se instalaba en el hogar de algún pariente. Pasaba algún tiempo antes de que encontrara trabajo, se comprara el terreno y edificase, pero a la par, tenía que juntar dinero para mandar a su familia…Podían pasar años antes que todo estuviera a punto. No fue la primera vez que al cabo de un largo período, se presentase la mujer legal con los hijos habidos del matrimonio, en busca del marido-padre…y que estos, se llevaran la sorpresa al ver que dicho señor había formado otro hogar.
Estas situaciones, seguían pareciendo normales para los que llevaban mucho tiempo. No lo eran, por supuesto, para los recién llegados. Al final, acabarían por acostumbrarse a la nueva situación, compartiendo padre y marido.
La total ausencia de papeles oficiales y la carencia de objeciones, hacían que en lo que un principio era un problema moral, no fuera al final, mas que un aumento de familia. Pasado el tiempo, todos se aceptaban. No era extraño que , al final, el hijo venido de Europa se enamorase de su hermanastra americana o, viceversa.
Todo normal.

XI

El ferrocarril General Mitre funcionaba como todo lo estatal, mal. Lento e incómodo, no llegaba jamás a la hora. Nunca con el horario previsto. Cuando aparecía, lo hacía con gente colgando de los estribos. Al llegar a la estación, los más de los pasajeros se veían obligados a apearse por los enormes ventanales debidos a la imposibilidad de hacerlo por las puertas. Cualquier sitio era válido ante la imposibilidad de hacerlo por donde era lo normal.
La Mikado 141 cargaba pasajeros por ambos lados ante la imposibilidad de que los maquinistas pudieran impedirlo. Daba resoplidos. Humaradas blancas de vapor. Lentos rugires. Todos los sitios eran aprovechados. Se daba prioridad a los niños. A las mujeres se les reservaba los lugares de mayor apoyo. A las seis de la mañana la población productora ya estaba en marcha. La industria contaba con la mano de obra barata de la juventud, que a fuerza de dar su fuerza de trabajo, perdían la inocencia antes de cumplir catorce años. Ir colgado del estribo, sentarse en los ventanales durante dos horas o mantener el equilibrio al lado de la humeante máquina, era solo soportable durante el ejercicio de la primavera, pero en cuanto aparecían los primeros rigores otoñales, se hacía casi sobre humano aguantar el recorrido. No sería la primera vez que un pasajero se quedase sin fuerzas y fuera ayudado por los demás que hacían piña para mantenerlo en equilibrio a base de apretarlo. Todos eran cómplices de la absurda situación. El sistema funcionaba a base de solidaridad. Hoy por ti, mañana por mí. Aquel racimo que se amontonaban alrededor de unas enormes cajas humeantes, tenían asumido su papel. Así pensaba Juan Domingo.
Dentro de todo este desorden de cosas, tampoco -seguía pensando Juan Domingo- , se aplicaba la regla de Confucio menos en su último tramo. Trabajaban y obedecían, pero les era completamente imposible ahorrar. Sueldos paupérrimos para jornadas inacabables.
Conocían perfectamente su situación, pero no se decidían a resolverla.
Desde su pensamiento veía que nada se podría cambiar desde los andenes de la estación.

XII

El obrero ya tenía suficientes problemas con pensar en aguantar su puesto de trabajo. Además, no se daban las espectativas halagüeñas, puesto que los militares estaban preocupados.
Según los milicos, un pelotudo andaba tocando las narices por la Altiplanicie del Continente, con ideas de barbarie. Vagos y maleantes se sumarían sin pestañear. Eso traería la anarquía y el malestar social.
El nerviosismo, pensaba Juan Domingo, es mal consejero. Seguía pensando que por otra parte se unirían diferentes gobiernos con un fin común. Era un tipo de alarma que provocaba un estado permanente de nerviosismo. Ideas enfrentadas de una reacción en cadena. Desde luego, nada se podía hacer desde los andenes de una estación.
Giró sobre si mismo y, siguiendo la dirección contraria por donde había venido, empezó a buscar la salida. Chocó con multitud de personas. Subió el puente que cruzaba las vías y que dividía Lanús entre el este y el oeste. En la avenida Gonzalez esperó el trolebús.

XIII

-¿ Que te pareció la idea de Juan Domingo ?, -preguntó Cristina-,
-En estos tiempos, yo no me metería en política, -contesto Graciela-
– No es política, simplemente es un sindicato que está al servicio de la clase trabajadora.
-Cuando le pase algo, veremos quien es el lindo que le echa un cable.
Juan Domingo fue bien recibido el la C.G.O. En unos momentos de tensión interior donde se aproximaba una escisión, cualquier persona que se apuntara era bien recibida. Si saber de problemas internos, Juan Domingo explicó su visión por las condiciones de la clase trabajadora. El sufrimiento cotidiano a la que la veía sometida, el precio de los medios de trasporte, la carestía de la vida, la falta de los medios más elementales en materia de subsistencia. le habían recibido a las nueve de la mañana. A las tres de la tarde aún estaba hablando de los mismos temas con don Raimundo, lider a la postre, de la denominada facción rebelde. Nadie había escuchado con tanta atención a Juan Domingo como aquel hombre. Una pizza en la oficina para no perder el tiempo y continuar la conversación, en realidad el monólogo. Era el preludio irremisible de lo que tenía que pasar.
Aquella tarde telefoneó a don Manuel :
– No, no podré a las siete. Si don Manuel. No pasa nada. Mañana a la tarde estaré. Le explicaré. recuerdos a doña Celia. Hasta mañana.
A las ocho de la noche de aquel mismo día se encontraba dialogando con don Armando.
Cuando sonó la puerta de la calle, sus hijas quedaron sorprendidas al verle, sin embargo, don Armando hacía mucho tiempo que temía la visita. Juan Domingo les explicó con pormenores la determinación que había tomado. Afiliarse a la central general Obrera. Les comentó que el mismísimo Raimundo había estado con él. Que le había escuchado, que comieron una pizza y, que, formaría parte de un mitín como tercer telonero y quince minutos de tiempo en el teatro de la Organización. les siguió comentando que el lider del sector crítico le pareció una persona formidable. Que comprendía el porqué del resurgimiento de la nueva fracción obrera, dado que el sindicato se encontraba en manos de una persona reaccionaria y no dispuesta a la lucha de clases, sino a pactar con el Gobierno, un colaboracionista del General Onganía, en palabras de Juan Domingo.
– ¿ Que le parece?, preguntaba Juan Domingo con ansias de sentir aprobación.
Ni Cristina, ni Graciela contestaron, pero se les notaba su pesar. Como mujeres, intuían que afiliarse a cualquier cosa que tuviera algo que ver , aunque de lejos, con posturas denominadas ” de izquierdas” , no era bueno.
Contestó por los tres, don Armando:
-Mirá, Juan Domingo. Se lo que pensás y como te sentís. Yo no creo en la fatalidad, pero, las cosas son como son y, estos no son buenos tiempos. Date cuenta que los milicos viven de prestado por los gringos. Estos no dan nada por nada y, les interesa que la cosa siga así, como hasta ahora. Con esta situación y no es solo para ligar de manos a la clase trabajadora. Esto en realidad, va bien para unos pocos, lo que pasa es que el barbudo les está tocando en donde suena y eso, les va mal a todos. Porque date cuenta,-proseguía don Armando-, que al Bandor se le acusa de colaboracionista, porque está aguantando la situación para que de momento no haya manifestaciones, porque sabe de primera que, al primer zafarrancho, las mitades se van a la calle y las otras mitades entran a rejas. Mirá los países vecinos. Mirá al oeste, mirá al norte….¿ que ves?…y vos te proponés subirte a un pedestal, cantar las promesas de un tal Raimundo y erigirte en protector de una masa social…Este país no es lo mismo que Francia, allí fueron los anarquistas los que llevaron la voz cantante, que los comunistas, por mucho que diga lo que diga ese tal Sartre, se les unieron cuando vieron del éxito de la huelga, porque se dieron cuenta que las fábricas, los obreros, se pusieron al lado de los estudiantes…porque ni siquiera los obreros empezaron la huelga, acá no se da esa situación, en París (proseguía Don Armando), hubo toda una serie de matices que se ligaron y programaron una subversión a una escala de valores jamás vista, pero fueron todos, obreros , estudiantes y burgueses contra el estamento establecido… Mirá, al que hacía milagros hace dos mil años que lo mataron, ¿ sabés porque lo mataron?…por hacer milagros.
Don Armando no quiso proseguir pero una inmensa desazón le comenzó a invadir. Supo desde aquel instante que Juan Domingo no volvería a presentarse los fines de semana, que se habían acabado las charlas de teoría política y que además, perdía un hijo.

XIV

Fue el apretón de manos más efusivo, los besos más recordados, las miradas más temidas. Prometió volver en cuanto pudiera. El trabajo de los mitines era duro y solo se podía arengar en días libres, los domingos a partir de ahora, los tendría ocupados.
Un papel azul sobresalía de la puerta , en el marco de su casa. Eran casi las doce de la noche. No lo abrió. ¿ Para que ?, pensó. Sabía de sobras que era la boleta del despido. Se asombraba con la rapidez que actuaba la empresa en caso de verse perjudicada.

XV

Para el invierno del 68, los disturbios estudiantiles eran hechos cotidianos. Se les represaliaba inmediatamente. Cerrábanse la universidades por unos días, pero esto daba pie a que los estudiantes deambularan por la capital con el tiempo libre. Se les prohibía el agrupamiento de más de cinco personas. Se aplicó la Ley de reunión ilegal y se les negó el derecho de proclamar nada so pena de declarar la reunión clandestina. Apostados en los lugares más representativos, las fuerzas motorizadas cuidaban de un falso orden. El miedo a la represión estaba presente en el pueblo. No era la primera vez.
La Central General Obrera, facción rebelde, liderada por Raimundo, se aproximaba a las directrices estudiantiles más progresistas. La ruptura del Sindicato fue un hecho y, desde ese instante hasta finales del 69, el malestar fue en aumento.
Pocos discursos fueron suficientes para que Juan Domingo fuera conocido. Lo poseía todo : juventud, experiencia laboral, dominio de la dialéctica y, conocimiento pleno de las tésis de marcado carácter socialista. Sus discursos eran populistas y recordaban las vicisitudes de los marginados, las villas miserias, los conventillos, la falta de medios, la carencia de higiene de una población que venía a la capital en busca de una oportunidad que en los pueblos no encontraba, población que se hacinaba en los lugares más inverosímiles, containers, caños de agua, puentes…todo lo que tuviera techo, servía para cobijarse.
Don Manuel se quedó sin ayudante. Pasaban días sin que el portalón ventanero de Juan Domingo abriera sus hojas de par en par.
El Sindicato comía literalmente las horas del que hacía poco había sido erigido como primer telonero de don Raimundo.
Para mayo del 69, todas las centrales Sindicales estaban clausuradas, como lo estaban también, las Asociaciones. Intervenidas sus propiedades, y confiscadas otras, los grupos asamblearios tenían que juntarse de escondidas.

XVI

Aprovechando la situación, el Gobierno preconizó una vuelta al corporativismo. Ninguna de las centrales, mucho menos la radical C.G.O., dieron por zanjado el asunto, antes más y, por una sola vez, juntaron sus fuerzas.
A Juan Domingo le fue asignada la parte norte del país. La más deprimida. Eso es una de las cosas que jamás pudo entender, siempre se había dado que, en la división norte-sur, siempre pierde el sur, jamás es a la inversa, pero en aquel país tan creído de si mismo y tan alejado de la realidad, todo era diferente.
Meses de asambleas, persecuciones, discursos, mitines, concentraciones, enfrentamientos, paralizaciones, movilizaciones…Una reunión clandestina con los máximos representantes de todas las Centrales Sindicales proclamó la tan esperada huelga general. Juan Domingo fue el encargado en su sector de comunicar que el trenta de mayo se paralizaría todo el país. El lema de la unidad obrera era vital para el éxito de la misión. El Gobierno en represalia decretó el estado de sitio. El General Onganía no estaba para que le hicieran un juego de fuerza. Hubo ajustes ministeriales, en la cartera de trabajo, y en tres días se restableció lo que se dio por llamar ” la paz social”.
Don Manuel se iba enterando por la prensa de los avatares de su antiguo aprendiz y, aunque no compartía de pleno sus ideas, cuando veía una foto suya publicada, la recortaba. De vez en cuando, pasaba por la que era la casa de Juan Domingo, a observar el portalón de la ventana, o la hiedra que incansable, ya entraba por la comisura de la puerta. Las hierbas hacían lo propio de su especie, invadir. La verja de la puerta aparecía oxidada y toda la barraca en si, daba la impresión de abandono y de vacío, sin embargo, hasta pasado mucho tiempo, nadie se atrevió a tocar nada de aquel lugar.
A partir de la huelga general todos los principios comenzaron a radicalizarse. Estudiantes y obreros encontraron en aquella manifestación nuevos matices de resistencia. Se dejó de lado la postura del diálogo y floreció lo que se dio por llamar “las batallas callejeras”. Un grupo armado, radical y violento hizo eclosión en la Gran Capital: Los Montoneros. Solo cuando secuestraron y asesinaron al ex-presidente ( que lo había sido allá por los 50), solo y en ese momento, a Juan Domingo comenzaron a presentársele las imágenes de su niñez.
Fue su última visita a casa de don Armando. Había estado fuera casi un año. Cuando se abrieron las puertas, lo hicieron de par en par. Seís ojos lo miraron de arriba a abajo. Era un hombre completamente cambiado. Detalles, pormenores e inquietudes.. Por fin Juan Domingo lanzó la pregunta :
– ¿ Que le ha parecido, don Armando ?
-¿ Que me ha parecido el qué?, ¿ te referís a lo de la huelga general, a lo de las manifestaciones…? ¿ Te referís a tus discursos…?, Mirá hijo, -continuaba don Armando-, los animales son más inteligentes que las personas, así, cuando se sienten acechadas por algún peligro, marchan, sus genes les indican que para continuar y preservar la especie han de olvidarse del orgullo. Para los animales , que son más inteligentes que las personas, te digo, prevalece el sentido común, saben que han de seguir multiplicándose y que no vale de nada enfrentarse ni a la Naturaleza ni a los hombres. Por supuesto, no como hacés vos, que te enfrentás solo, a todo y contra todos. Haceme caso, mandalo todo al carajo, quedate acá. Onganía no perdonará. Pero no te equivoqués, has de saber que tu máximo enemigo a partir de muy poco no será el general. Los más radicales, más que los milicos, serán ahora los que se quedaron sin trabajo.
-Se equivoca Ud., las cosas han cambiado, hace un año que las cosas están cambiando, la gente está con don Raimundo, nuestro ideal está con los trabajadores, en la liberación del obrero, en cabiar la situación del proletariado, las injusticias…
-Te volvés a equivocar -le cortó don Armando-, y de largo, se me creé que una huelga general lo arregla todo. ¡ Parece mentira que no se me de cuenta que el pueblo está como está porque es el sistema el que está errado ¡. Parece mentira. Mirá, para que la gente sepa lo que quiere solo hace falta una cosa : educación, solo educación y, es por eso por lo que tendrías que luchar, educación desde la base, no a partir de los vente…ahora, -prosiguió don Armando-, lo único que temen vuestros asociados, es quedarse sin trabajo, porque ahora, ya tienen la familia formada y jamás con estas premisas podreís conseguir nada. ¿ Acaso ha habido aumento salarial ?. No. ¿ Porqué no?, pues porque los de arriba sabían que vosotros, los de las centrales, no les ofreceís ningún fondo común, así que cuatro días y a joderse, mi hijito.
Juan Domingo no supo que responder. El argumento de don Armando era tan rotundo que solo pudo mirar de reojo a las hermanas. estas le miraban a su vez, como esperando una respuesta conciliadora.
– ¡Quedate a dormir acá ¡, le rogo Cristina.
-No puedo, hace mucho que no paso por casa, argumentó Juan Domingo, sabiendo que en aquellas circunstancias comprometía a la familia. tenía la certeza de que todo había sido un sueño, un sueño cuyo final estuviera próximo a cumplirse.

XVII

Para no hacer tenso el momento de la despedida, Juan Domingo argumentó que le estaban esperando. Con esta excusa logró marchar rápido y esconder el incierto futuro que le esperaba.
No tenía trabajo y la Central se encontraba clausurada. Que decir sobre los correligionarios, algunos se encontraban en paradero desconocido. En la D.G.P., otros. Los que quedaron libres, o estaban en el paro, sin nada que llevarse a la boca, o bien, querían suprimir todo contacto con miembros de las sindicales, el trabajo, claro.
A la una de la madrugada lo que tenía claro era que ponerse a andar con dirección a su casa sería un absurdo. Estará todo patrullado -pensó-. Agarró el camino del cementerio de Lanús y empezó a deambular por el antiguo recorrido del colectivo número tres. Así pasó el riachuelo. Diez calles más abajo el club Atlético. Tiró a la derecha y volvió a ascender por nueve de julio. Plaza Sarmiento, al fondo la estación del tren. Cuatro trenta de la madrugada. Se dirigió al Carabelas. Café con leche y una pasta. Al final de la barra estaba el diario recién llegado. Fue a por él. En letras mayúsculas y abajo de la cabecera del Crónica leyó: Livistone, General de las Fuerzas Armadas, agarra las riendas de la Nación. Otro cambio de foto. Más de lo mismo y en las mismas circunstancias, pensó. Pagó.

XVIII

Mientas subía lentamente los escalones del puente de hierro, empezó a mirar fijamente a toda aquella gente agolpada. Ahora no lograba distinguirlos. Si se concentraba al máximo, podía ver con claridad cada una de sus caras expectantes, de la misma manera , tenía la obligación de ver sus brazos, aunque de forma borrosa, pero no, no lograba distinguirlos. Sin embargo creía adivinar unas formas básicas, redondeadas en el extremos de sus hombros. Claro, -pensó para si mismo-, ¡ son las alas¡, Todo se volvía a repetir, siempre se repetía la historia. Se encontraba frente a miles de mariposas anhelantes , con miedo a caer en tierra, a no poderse levantar, a perder su espacio minúsculo. Y se dio cuenta que, de la misma forma que habían venido, marcharían , que no cambiaría nada, que seguirían cumpliendo su misión. Quizá también la de la Naturaleza, pensó. tendrían que concluir su ciclo y, eso le hizo estremecer, con su condición fabril.
Lentamente comenzó a descender y sin mediar palabra se mezcló con el gentío.
Ahora si que comenzaba a descifrar, a entender aquel secreto de su juventud.
El rápido de las cinco quince solía pasar a menos cuarto. Tenía tiempo, el mismo tiempo que le sobraba en su juventud.
Paseando pro las vías se acordó de una frase del padre Delgado. No sabía porque en ese momento le venía a la mente su primera comunión : ” No quieras ser demasiado sabio ni demasiado justo ¿ para que quieres destruirte ? ” (1)
Intentó reflexionar, pensar en aquello.
Esta vez el rápido llegó pronto.

PD: A las siete vente minutos de la mañana del día catorce, se levantó el cadáver de un indocumentado. Trasladado a las dependencias del Depósito Municipal, se está a la espera de su identidad. El tráfico en la línea férrea se restableció en pocos minutos. (2)

(1) Eclesiastés 7/16
(2) Sucesos. Diario Crónica. A quince de de julio de mil novecientos setenta.

Categorías:Ruta desconocida
  1. perico consorte
    31 agosto 2008 a las 23:00

    Por qué será que su relato me trae a las mientes la canción “que volen aquesta gent que truca de matinada” con su trasfondo de un cuerpo joven estrellándose contra la claraboya de un cel-obert.Porque la belleza de ambos, relato y canción, sólo sirve para resaltar la crueldad de lo narrado y cantado.Esperemos que su relato y la canción sean sólo un recuerdo de épocas pasadas, a ambos lados del Atlántico, que ojalá no vuelvan nunca.

  2. Miquel
    7 septiembre 2008 a las 10:43

    Ha pasado el tiempo pero todo sigue igual. Los ferrocarriles parece ser, se siguen retrasando tanto ( según la prensa del día), que las gentes se sublevan. Solo han cambiado los dígitos de las anualidades…salut

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: